Posteado por: Ricardo Paulo Javier | julio 11, 2008

Claves éticas para la bioética (I)

Claves éticas para la bioética (I)

1. Los principios de la bioética son los de la ética.

A la vista del desarrollo enorme de la bioética en los últimos años, no es ocioso recordar que los principios de la bioética no pueden ser otros que los de la ética. Esta afirmación, que de entrada puede parecer trivial, deja de serlo tan pronto como pasamos a considerar la extraordinaria difusión de la postura según la cual la bioética tendría unos principios particulares, especialmente diseñados para afrontar los problemas éticos que se plantean como consecuencia de la introducción de las nuevas tecnologías en el ámbito bio-sanitario, en el contexto de una sociedad plural como la nuestra[1].

Frente a esta postura, yo entiendo que los principios de la bioética no pueden ser otros que los de la ética, y que, en consecuencia, el modo mejor de aproximarse a los problemas éticos planteados en aquel campo pasa por comprender en profundidad la naturaleza misma de la ética[2].

Sin duda, desde un punto de vista práctico, los partidarios de constituir a la bioética en una ciencia autónoma pueden alegar a su favor el hecho innegable de que la bioética ha generado en muy pocas décadas una reflexión ingente y muy específica, que además de requerir la aplicación de los principios éticos a una materia muy concreta, exige internamente la adopción de una perspectiva multidisciplinar a la hora de afrontar sus problemas específicos.

Aunque esta postura es defendible desde un punto de vista práctico, considero que por sí sola no autoriza a conceder a la bioética un estatuto epistemológico diverso del de la ética. Pues, de una parte, la concreción de su materia no hace de ella una ciencia diversa ya que también aquí se trata de acciones humanas (por mucho que la materia de estas acciones se circunscriba a un ámbito determinado); y, de otra, su mismo carácter interdisciplinar -que es hasta cierto punto lo más novedoso de la bioética- no constituye tampoco un motivo suficiente para constituirla en una ciencia independiente. Después de todo, la misma interdisciplinariedad podría verse como una ampliación sistemática de la deliberación que ha de preceder a toda decisión éticamente aceptable, cuya aceptabilidad, en todo caso, corresponde examinar a la ética.

Ahora bien: la consecuencia inmediata de reconocer que la bioética es, en última instancia, ética, es que ni sus principios ni su método pueden considerarse algo por completo ajeno a la experiencia moral ordinaria. Pues, a diferencia de lo que ocurre con otras ciencias que siguen un paradigma más próximo al de la técnica, en asuntos éticos no es adecuado hablar de expertos o especialistas, como no sea en un sentido derivado.

Ciertamente, el carácter tan especializado de los problemas tratados en bioética requiere una preparación específica, especialmente una aptitud para el diálogo interdisciplinar. Sin embargo, esta realidad no puede conducirnos a marginar lo que Llano designa como el “competencia ética del hombre de la calle”. Todos sabemos algo de ética. Negarlo sería tanto como decir que somos incompetentes para conducir nuestra vida, y que, en consecuencia, podemos delegar nuestras decisiones sobre lo bueno y lo malo en terceros, de modo semejante a como podemos delegar en terceros, por ejemplo, la elaboración de la declaración de la renta. Y si es cierto que todos podemos aprender más ética, no es cierto en cambio que los libros puedan proporcionarnos los principios morales elementales, porque en última instancia el conocimiento ético es un conocimiento práctico, y éste se consolida y se debilita con la misma práctica moral.

Sin duda, el desarrollo de la ciencia y la técnica en el último siglo nos ha puesto ante los ojos posibilidades inéditas de intervención sobre la vida, que nos plantean interrogantes éticos sin precedentes. Se dirá que para resolver del mejor modo posible esos interrogantes no basta el conocimiento moral ordinario, y la objeción parece razonable: ¿qué significa, por ejemplo, abordar el tema de la muerte desde la perspectiva del conocimiento moral ordinario, cuando la posibilidad de la prolongación artificial de la vida está al alcance de la mano? ¿qué relevancia puede tener este conocimiento moral cuando el problema ético que nos planteamos es la clonación de seres humanos? Todo parecería indicar, en efecto, que el conocimiento moral ordinario enmudece cuando se enfrenta a situaciones tan novedosas. Sin embargo aún entonces su relevancia es enorme, pues sin él -conviene subrayarlo-, ni siquiera sería posible plantear esos problemas correctamente: antes de empezar a hablar de estos temas es preciso saber, por ejemplo, que matar está mal; o que el fin no justifica los medios.

Cuando son estas cosas las que se discuten, entonces ya no hablamos específicamente de bioética, sino en general de ética. Por eso no es extraño que los debates corrientes en bioética sean finalmente deudores de los debates éticos. Así ha ocurrido con el debate entre las éticas ilustradas y la ética de la virtud (representadas, en bioética, por Beauchamp&Childress y Pellegrino respectivamente)[3]; pero también en el debate acerca del pluralismo (que ha inspirado sobre todo la bioética de Engelhardt[4]). Esto es un signo claro de que la bioética sigue alimentándose de la reflexión ética, y de que seguirá haciéndolo por mucho tiempo, a menos que acabe siendo suplantada por la bio-jurídica, que, entre tanto, ha adquirido también un rango relativamente autónomo. Sin embargo, incluso este deslizamiento de la bioética hacia la bio-jurídica puede verse como un reflejo más del estado de cosas general en filosofía práctica, donde no siempre se percibe con nitidez la diferencia entre la perspectiva ética y la jurídica.

Acaso sea esta historia lo que explica el peso -para mi gusto excesivo- que las consideraciones de los filósofos encuentran entre los profesionales del mundo bio-sanitario. Pues si alguna función tiene la filosofía en este campo, ésta no es otra que la de deshacer los entuertos a los que ha conducido el tomarse excesivamente en serio las teorías éticas elaboradas por los mismos filósofos, y con las que se pretendía sustituir la perspectiva concreta del agente moral implicado en la acción, por la del “experto” dotado de un método con el que resolver los problemas morales más variados de una forma racional y objetiva, supuestamente universal.

Exagero: sin duda la filosofía puede aportar algo más a la reflexión bioética, pues, a fin de cuentas es cierto que nos enfrentamos a problemas nuevos, para los que no basta la mera apelación a la práctica médica tradicional: no tanto porque la práctica médica tradicional ignore los principios que deben informar la nueva situación, como porque tales principios se encuentran implícitos en ella, y es preciso sacarlos a la luz, a fin de mostrar su vigor para afrontar los nuevos retos.

2. La inspiración original de la bioética y su trascendencia en la historia reciente de la ética

Sea como fuere, la deuda permanente de la bioética con la ética filosófica no debe impedirnos reconocer en el origen mismo de la bioética un enfoque peculiar, como tampoco debe impedirnos reconocer el estímulo evidente que, para la reflexión ética, suponen los problemas planteados en el ámbito bio-sanitario. Pues si toda teoría se ha de nutrir de la experiencia, esto es particularmente cierto de la teoría ética, que no puede prescindir de la experiencia moral, y que, precisamente por eso, ha de prestar especial atención a los retos a los que nos enfrenta los avances de la ciencia en este campo.

De hecho, es muy posible que la bioética como tal haya desempeñado un importante papel en la redefinición de los términos del debate ético contemporáneo. Basta recordar que, cuando surge en los años setenta, la reflexión ética se encontraba todavía monopolizada por la controversia entre utilitarismo y deontologismo, dos de los principales sistemas éticos ilustrados, que más allá de sus importantes diferencias, tienen en común su condición de sistemas éticos normativos.

Pues bien, frente al normativismo característico de ambos sistemas, que implicaba la construcción de una ética en tercera persona, ajena al punto de vista del agente, y suponía una tajante división entre el mundo de los hechos y mundo de los deberes, el surgimiento de la bioética supuso un cambio de perspectiva, pues planteaba problemas éticos que, emergiendo de la práctica médica ordinaria, cuestionaban por su base aquella separación entre el mundo de los hechos y el mundo de los valores, en la medida en que requerían del personal biosanitario decisiones con evidente carga valorativa[5].

Con ello se apuntaba a la necesidad de considerar la ética como una dimensión intrínseca del actuar humano, cuestionando implícitamente la tesis positivista que, por conceder un carácter real a la distinción entre el mundo de hechos -objeto de la ciencia- y el mundo de los valores -objeto de la ética-, tendía a favorecer la figura monstruosa del científico moralmente neutro, como un personaje situado más allá del bien y del mal.

Por eso, el hecho de que la iniciativa de trazar un puente entre hechos y valores surgiera de entre los mismos profesionales de las ciencias biosanitarias, no puede considerarse circunstancial. Y es que si la distinción entre hechos y valores tiene algún mérito, éste se reduce al campo de la epistemología, pues es evidente que el avance de las ciencias modernas se debe en una medida considerable al uso de semejantes abstracciones. Pero conviene advertir que la realidad misma no puede ni debe identificarse con nuestras abstracciones; conviene tener presente, en efecto, que, tan pronto como bajamos a la práctica desaparece la ciencia y nos encontramos con el científico, es decir, con un hombre que toma decisiones, y que estas decisiones suyas son necesariamente buenas o malas.

3. En busca de una ética para la sociedad tecnológica

Ahora bien: ¿cómo acertar con lo bueno y lo malo en los casos a los que nos enfrentaba y sigue enfrentando la aplicación de las nuevas tecnologías en el ámbito bio-sanitario? Comprensiblemente, en aquellos años se planteó como un reto elaborar una ética nueva para la sociedad tecnológica. Como es sabido, los esfuerzos siguieron varias direcciones.

Parte de la reflexión bioética del momento tomó cuerpo alrededor de las éticas ecológicas (Jonas)[6] o evolucionistas (Kieffer), en las que, de diferentes maneras, se prometía un remedio para la fractura entre el mundo de los hechos y el mundo de los valores.

El remedio ha sido, en algunos casos, peor que la enfermedad. Simplificando mucho, en el caso de las éticas evolucionistas el remedio para aquella fractura se “lograba” (o malograba) por la vía de reducir el valor ético a una función de la supervivencia biológica, es decir, anulando lo propiamente ético. En el caso de las éticas ecológicas, en cambio, se buscó un camino llamando la atención sobre el valor ético de la vida, es decir, del respeto a la vida.

Con todo, dentro de las éticas ecológicas, cabía distinguir aún dos direcciones: una de ellas, la del ecologismo radical, nivelaba -anulándola- la diferencia entre lo personal y lo natural, bien por la vía de reducir la dimensión personal a mera naturaleza (el hombre es aquí parte de la naturaleza), bien por la vía de elevar la naturaleza a la categoría personal (hablando, por ejemplo, de derechos de los animales[7]).

Muy distinta era, en cambio, la dirección que tomó el ecologismo moderado, en principio compatible con la ética tradicional, generalmente caracterizada como “antropocéntrica” en el discurso ecologista. Y es que, a diferencia de lo que sucede en el caso de la deep ecology, que no discrimina entre la naturaleza en general y la naturaleza de las personas, el ecologismo moderado subraya la importancia de la naturaleza en el discurso ético en unos términos tales que permiten considerar al hombre como un ser natural sin renunciar por ello a su condición personal, es decir, sin renunciar a su ser más que naturaleza.

Aunque el término “ecologismo moderado” admite desarrollos muy distintos, en mi opinión, la consistencia de esta postura depende de que acierte a rehabilitar un concepto teleológico de naturaleza[8], y de que al mismo tiempo redescubra la verdadera naturaleza de la razón, advirtiendo que ésta no se reduce a su uso técnico-instrumental, ya que incluso el uso técnico y discursivo de la razón presupone la existencia de unos principios, tanto en el plano especulativo como en el práctico que, por revelar el alcance naturalmente metafísico y ético de la razón humana, permiten sostener que el hombre es algo más que un animal singularmente complejo.

Notas

[1] Cf. Beauchamp, T. L., “Principles and ‘principialism'”, en Le Radici della Bioetica, vol. I., ed. E. Sgreccia & G. Miranda, Vita e pensiero, Milan, 1998, pp. 47-59.

[2] Cf. Santos, M., “La bioética y el catecismo de la Iglesia Católica”, en En defensa de la razón. Estudios de ética, Eunsa, Pamplona, 1999, p. 150.

[3] Cf. González, A. M., “Principien und Tugenden in der Bioethik”, en Imago Hominis, Bd VII, 1-2000, pp. 17-33.

[4] H. T. Engelhardt, The Foundations of Bioethics, New York, Oxford University Press, 1986. Charlesworth, M., La bioética en una sociedad liberal, Cambridge University Press, 1993.

[5] Cf. Santos, M., “Sentido ético de la ética empresarial”, en En defensa de la razón, p. 232.

[6] Cf. Hans Jonas, Das Prinzip Verantwortung. Versuch einer Ethik für die technologische Zivilisation, Insel Verlag,1988.

[7] Cf. P. Singer, Ética práctica, Cambridge University Press, 1995.

[8] Cf. Spaemann & Löw, Die Frage Wozu? Geschichte und Wiederentdeckung des teleologischen Denkens, Piper, Zürich, 1985.

http://www.conoze.com/doc.php?doc=8336

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